
VEREMOS COSAS Y CASOS: Pepe Buitrago.- Sanador y Observador
CAPÍTULO VII
La Mano de Dios y los Sentidos
Pepe Buitrago.- Sanador y Observador
Hay momentos en la vida en los que basta detenerse unos segundos para descubrir que el mundo habla. No lo hace con palabras, ni con discursos, sino con vibraciones, gestos mínimos, luces fugaces y sombras que parecen moverse por voluntad propia. Ese lenguaje, imperceptible para la mayoría, siempre estuvo ahí, aguardando a quien quisiera escucharlo.
Desde joven aprendí a prestar atención, a abrir la sensibilidad más allá de lo visible, a conectar lo humano con lo divino, lo terrenal con lo celeste.
Mi faceta de sanador que no elegí yo, sino que me eligió a mí me obligó a mirar más allá de las apariencias. A lo largo de los años, la intuición se convirtió en brújula, la percepción en guía, y el tiempo en un sendero lleno de señales.
He dedicado décadas a ese aprendizaje silencioso. He caminado entre energías que se manifestaban en formas, reflejos y sensaciones difíciles de explicar pero imposibles de ignorar. A veces me llegaban desde lo alto, como un susurro del cosmos; otras, desde la misma tierra que pisamos, en comportamientos extraños de animales, plantas o en el propio clima. Y en no pocas ocasiones, era el ser humano quien dejaba escapar señales que revelaban un cambio profundo e inevitable.
Con el paso de los años, todas esas percepciones comenzaron a repetirse, a encajar como piezas de un rompecabezas que, una vez completo, mostraba la imagen de un tiempo distinto. Lo que durante décadas empecé a comentar en conversaciones, entrevistas y reuniones discretas ha ido, poco a poco, cumpliéndose con precisión inquietante.
Siempre dije que el cielo escribe lo que la tierra sufre. Y no era una metáfora.
Mis dos frases, las que tanto he repetido, cobran ahora más fuerza que nunca:
“Está escrito en el cielo todo lo que pasará en el suelo.”
“Figuras en el cielo, desastres en el suelo.”

Los años recientes han sido testigos de que el mundo ha entrado en un ciclo convulso: pandemias, FILOMENA, DANAs, sequías persistentes, plagas insólitas, enfermedades nuevas que se propagan sin explicación aparente, guerras que desgarran continentes. Nada de ello me tomó por sorpresa; eran señales anunciadas mucho antes de que el resto empezara a percibirlas.
Y ahora, al filo del final de este 2025, siento que estamos entrando en un umbral, un punto de inflexión.
No un final, sino un cruce.
Lo que está por llegar no se parece a nada que hayamos vivido antes, y así lo he repetido:
“Veremos cosas jamás vistas antes.”
No lo digo con miedo ni con afán de alarma. Lo digo porque es así. Lo digo porque lo he visto, porque lo he sentido en mis meditaciones, en mis canalizaciones, en mis noches largas de observación profunda.
El planeta se está moviendo.
Se está ajustando.
Se está quejando.
Y esa queja, cuando se manifiesta, puede adoptar muchas formas: terremotos inesperados, tsunamis repentinos, volcanes que despiertan sin previo aviso, tornados que parecen surgir de la nada… Fenómenos que, aunque naturales, están cambiando en intensidad y frecuencia, como si la Tierra tratara de liberarse de un peso que lleva demasiado tiempo soportando. Hoy se dislumbra fenemenos poco agradables..
Quisiera decir que este proceso será suave, pero mentiría.
Quisiera poder callar, pero no es mi propósito.
Mi tarea, la que me fue entregada, es advertir, observar, escribir.
A lo largo de mi vida he recogido miles de datos, imágenes, impresiones y certezas que se entrelazan hasta formar un cuadro claro. A veces he logrado evitar ciertos acontecimientos, desviarlos o suavizarlos, canalizando la energía y ordenando la mente. Otras veces he sabido cuándo algo era inevitable, porque el destino también tiene sus leyes, y no siempre permite negociación.
Sanar no es solo aliviar un dolor.
Sanar es comprender el tiempo.
Es ver el hilo invisible que une causa y consecuencia.
Es reconocer, en la calma del alma, de dónde viene el aviso y hacia dónde nos conduce.
Y por eso escribo este capítulo: para dejar constancia de un momento histórico que marcará un antes y un después. Para que quienes me lean entiendan que nada de esto es casual, que Dios habla en silencio, que la creación entera es un mensaje en movimiento. “Vivir para ver. Ver para creer”.
Quiero cerrar con una verdad dura pero necesaria, una frase que me acompaña desde siempre, como un faro encendido en mitad de la tormenta:
“Para que las cosas se pongan bien, primero han de estar muy mal… y ya lo están.”
Pero incluso en la oscuridad, la Mano de Dios sigue actuando.
Porque cuando todo parece caer, es cuando empieza la verdadera reconstrucción.

