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¿TAMBIÉN SE PUEDEN PREDECIR LOS TERREMOTOS?

Esta es una de esas preguntas que, cuando la planteo, sé perfectamente que puede generar dudas, incluso incredulidad. Y lo entiendo. Por eso quiero hablar de ello con mucho respeto y, sobre todo, desde mi propia experiencia.

Desde muy corta edad fui iniciado en la observación de determinadas señales de la naturaleza. Entre ellas, aquellas que yo interpreto como ondas o señales iónicas, cuya presencia, intensidad y evolución me han llevado en determinadas ocasiones a pensar que puede aproximarse un fenómeno sísmico en un tiempo y lugar determinados.

No pretendo decir que esto sea llegar, mirar al cielo y anunciar un terremoto. Ni mucho menos. Para mí existe un proceso previo de observación, comparación y análisis. Primero tengo que percibir una señal; después observo su intensidad, reviso comportamientos anteriores y trato de establecer una posible relación con el lugar y el momento.

A ello añado la observación del comportamiento de determinados animales y otros elementos naturales que, dentro de mi metodología, considero señales complementarias.

Siempre he dicho una frase que resume muy bien mi manera de pensar:

UNA VEZ, PUEDE SER CASUALIDAD.
DOS VECES, TAMBIÉN.
PERO CUANDO LAS OBSERVACIONES SE REPITEN UNA Y OTRA VEZ, UNO TIENE LA OBLIGACIÓN DE PARARSE A PENSAR.

Y últimamente me he tenido que parar a pensar bastante.

No todos los días tenemos terremotos o enjambres sísmicos en determinadas zonas, ni resulta indiferente para mí que aparezcan sucesivamente fenómenos en lugares como Japón, Tailandia, Turquía, Chile, Ecuador, Italia, Venezuela o Colombia, además de distintos episodios registrados en España, incluidos los últimos de estos días, Pliego y Granada, con sus respectivos enjambres sísmicos.

Quiero ser muy prudente aquí: no estoy diciendo que haya descubierto un método científico capaz de predecir terremotos, ni pretendo sustituir el trabajo de los especialistas. Hablo de mis observaciones y de una metodología personal que llevo estudiando desde hace muchos años.

Lo curioso es que algunas de estas observaciones, que al principio incluso yo mismo recibía con muchas dudas, han ido acumulando coincidencias que me han obligado a prestarles cada vez más atención. Y alguna persona que inicialmente no daba ninguna importancia a lo que decía también ha terminado reconociendo que, como mínimo, resulta llamativo.

Incluso estoy empezando a valorar la posibilidad de estudiar estas señales a larga distancia y a escala mundial.

¿Que no te lo crees?

No pasa absolutamente nada.

No necesito que nadie me crea.

Lo único que pido es respeto para una experiencia que llevo construyendo durante décadas y que, precisamente por su importancia, intento tratar cada día con más prudencia y seriedad.

Porque esto no consiste en acertar después de que ocurra un terremoto.

Primero tiene que aparecer la señal.
Después hay que interpretarla.
Luego comparar intensidad, antecedentes y localización.
Y solamente entonces sacar una conclusión.

Eso, para mí, es lo verdaderamente importante.

La naturaleza lleva hablando muchísimo más tiempo que nosotros. Quizá el problema no sea que no existan señales, sino que todavía no hemos aprendido todos a escucharlas.

«Y ahora son muchas las personas que me están llamando desde Granada para decirme: Pepe, tú esto ya lo habías avisado. Yo solamente les respondo lo mismo: no quiero que me creáis; quiero que miréis las fechas, escuchéis lo que dije entonces y después comparéis con lo que ha sucedido.»

Yo seguiré observando.

Antes o después, todo se sabe.

Pepe Buitrago
El Cabañuelo de Mula

N O T A .-  HOLA A TODOS/AS

Contestando a tantas preguntas que me estáis haciendo —porque me estáis acribillando, y eso significa que el asunto os ha despertado interés—, voy a intentar explicarlo una vez más con toda la claridad y el respeto del mundo.

Sé perfectamente que hoy nadie puede afirmar científicamente que es capaz de predecir con exactitud un terremoto, y entiendo perfectamente a quien no me crea. Incluso os diría que tenéis vuestra parte de razón: las dudas también son necesarias, porque cuando hablamos de terremotos no podemos jugar con el miedo ni sembrar el pánico.

Pero una cosa es no creer y otra muy distinta es cerrar la puerta a aquello que todavía no sabemos explicar.

Llevo muchísimos años hablando de esto en entrevistas, en mi web, en redes sociales y en conferencias. Siempre he contado que, además de mi experiencia como cabañuelista, observo determinadas señales de la naturaleza, comportamiento de animales y esas sensaciones o percepciones que yo llamo “vibraciones”.

¿Que unos lo creen y otros no? Perfectamente respetable.

Por eso llevo tiempo diciendo algo muy sencillo: entrad en mi web, buscad mis publicaciones sobre terremotos, leedlas y, sobre todo, comparadlas con lo que posteriormente ha sucedido, no solamente durante unos días, sino a lo largo de varios años y en diferentes lugares.

Ahí es donde cada persona podrá sacar sus propias conclusiones.

Y también quiero dejar algo muy claro: si no pongo una fecha concreta, es porque no la tengo. Yo no voy a inventarme una fecha para quedar bien ni voy a decir que va a ocurrir algo si no he percibido aquello que, según mi experiencia, me hace prestar especial atención.

Las señales tienen que estar ahí: las vibraciones, determinadas percepciones y, por supuesto, el comportamiento de mis animales, que durante tantos años han sido para mí unos auténticos informadores de la naturaleza.

Y cuando hablamos de intensidades o magnitudes importantes, todavía soy mucho más prudente. Una cosa es advertir de una observación y otra muy distinta es asegurar un terremoto de determinada categoría.

A quienes confiáis en mí, gracias de corazón. Y a quienes dudáis, también os digo gracias, porque las dudas nos obligan a observar, comparar y pensar.

Yo solamente puedo llegar hasta donde llegan mis observaciones.

¿Que estoy equivocado? El tiempo lo dirá.
¿Que algunas cosas coinciden? También será el tiempo quien tenga la última palabra.

Y hasta aquí puedo llegar.

Mula, 19 de agosto de 2026

PEPE BUITRAGO
Cabañuelista, y diferente… ni más ni menos.