J.B. CABAÑUELISTA.- LA NATURALEZA HABLA… Y HAY QUE SABER ESCUCHARLA
Hay cosas que no puedo decir todo lo que quisiera.
Y no porque no tenga ganas de contarlas, sino porque, sinceramente, algunas de las cosas que he aprendido a lo largo de tantos años de observación podrían hacer que más de uno me tirara algún tomate… e incluso que alguno me expulsara directamente de esta conversación.
Por eso voy despacio. Voy acompañado de mi maestra: LA NATURALEZA.
Ella es quien lleva muchos años enseñándome. Yo simplemente intento observar, escuchar, comparar y aprender. Sin grandes tecnologías, sin máquinas que me digan lo que tengo que pensar y sin pretender tener una verdad absoluta.
Hablo de experiencia, observación y conocimiento acumulado durante décadas.
Porque cuando hablamos de tiempo y clima, no todo empieza en una pantalla, en un mapa meteorológico o en un modelo informático. Mucho antes de que existieran todas esas herramientas, nuestros mayores ya miraban al cielo, al campo, a los animales, a las plantas, a los insectos, al viento, a la humedad, a las nubes y a tantos pequeños detalles que la Naturaleza nos ofrece continuamente.
Y ahí es donde entran mis cabañuelas. Las cabañuelas no son solamente mirar al cielo y decir si mañana lloverá o hará sol. Para mí son una forma de observación basada en señales, comportamientos, ciclos, indicios y experiencias que se han ido acumulando con el paso de los años.
Cabeza, corazón y campo. Observar con la cabeza, sentir con el corazón y comprobar en el campo. Eso es lo que he intentado hacer durante toda mi vida.
Y después de tantos años, sigo aprendiendo.
De hecho, cuanto más observo, más claro tengo que todavía me queda muchísimo por aprender. Porque la Naturaleza no termina nunca de enseñarnos. Siempre aparece una señal nueva, un comportamiento diferente, una reacción que nos obliga a pensar y, sobre todo, a no creernos que lo sabemos todo.
En este camino ya hemos superado los setenta millones de visitas entre mi web y mis redes. Sé perfectamente que existen opiniones para todos los gustos. Hay personas que creen, otras que dudan y otras que directamente no comparten mi manera de interpretar las señales.
Y lo respeto.
Pero también es cierto que, con el paso de los años, cada vez son más las personas que se acercan, observan y me dicen:
“Pepe, sigue adelante, porque algo de lo que cuentas nos hace pensar.”
Y este último año hubo una frase que se me quedó especialmente grabada:
“Pepe, dile a tus seguidores que veremos cosas y casos nunca vistos por los mayores del lugar.”
Pues bien… el tiempo ha ido pasando y, poco a poco, estamos contemplando caso tras caso situaciones que nuestros mayores tampoco recuerdan haber visto de esta manera.
No pretendo decir que todo lo que ocurre tenga una explicación sencilla. Ni mucho menos.
Lo que sí puedo decir es que, cuando uno lleva muchos años observando, hay determinadas señales que empiezan a tener un significado diferente.
Y ahí está precisamente la grandeza de las cabañuelas: observar antes de hablar, comparar antes de afirmar y aprender antes de sentenciar.
Por eso no me cabe mucha duda de que el ciclo que dejamos atrás estaba bien marcado. Y también pienso, con la humildad que me han dado los años, que estuvo bien leído por mi parte. Pero no quiero quedarme únicamente con lo que ya ha pasado.
Quiero seguir mirando hacia delante.
Seguir observando el cielo, el campo, los animales, las plantas, los vientos, las estaciones y esos pequeños cambios que muchas veces pasan desapercibidos para la mayoría.
Porque mientras algunos buscan respuestas únicamente en la tecnología, yo seguiré buscando también respuestas en aquello que llevo toda una vida estudiando:
LA NATURALEZA. Mi verdadera maestra.
Y si algo he aprendido durante todos estos años es que ella no necesita gritar para hablar.
Habla despacio, mediante señales.
Lo difícil no es que la Naturaleza hable. Lo difícil es saber escucharla.
Quiero terminar dando las gracias, de corazón, a todas las personas que me seguís, que leéis mis trabajos, que compartís mis publicaciones, que debatís conmigo y también a quienes dudáis y me hacéis pensar.
Todos formáis parte de este camino.
Espero poder seguir colaborando con vosotros durante muchos años y, si la vida y la Naturaleza me lo permiten, dejar preparado el camino para que algún día mi David continúe la saga Buitrago, aprendiendo a observar y a interpretar las señales de nuestra gran maestra.
No para sustituir a nadie. No para imponer nada. Sino para continuar una tradición familiar basada en algo tan sencillo y tan complicado a la vez:
OBSERVAR, APRENDER Y RESPETAR A LA NATURALEZA.
Porque, al final, por muchos avances que tengamos, por muchas herramientas que inventemos y por mucha tecnología que nos acompañe…
la Naturaleza seguirá teniendo la última palabra.
Pepe Buitrago
El Cabañuelo de Mula




